Desintoxicación de la conexión

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Cuando el tiempo pasa muy deprisa no aprecias lo que necesitas para ti. 

Cuando mi familia me preguntó qué quería hacer el domingo, les pedí a mis padres de llevarnos la comida de casa y acampar en aquellos magníficos lugares que frecuentábamos cuando yo era más pequeño, al lado del río escuchando el cantar de los pájaros y desconectado el mundanal ruido. Fue una jornada sin conexión, sin preocupaciones, sin mirar el correo ni las redes sociales. Aquellas 24 horas fueron un soplo de vida para mí, ya que hacía mucho tiempo que no pasaba un día tan especial. Aprovechamos la suerte de estar en medio del campo para recoger algunas flores típicas de la zona, buscar espárragos trigueros, que después hicimos en una tortilla, y alguno hasta se atrevió a tocar el agua en el río, pero bajaba demasiado fría como para dar opción a los más valientes a meterse. El agua del pirineo aragonés que desciende del deshielo de la montaña y que riega todos los campos del pre-pirineo, dejando una instantánea por estas fechas de un mar verde entre los pueblos de la provincia de Huesca.

Me encontraba sentado en mitad del campo florecido leyendo la última obra del amigo periodista Arturo San Agustín, “De Benedicto a Francisco”, y mientras tanto escuchaba de fondo el dulce sonido de las cardelinas y los jilgueros, que acentuado con el romper del agua en las rocas del río, dibujaba una sensación paradisiaca. Ya hacía días que no vivía una sensación de paz y tranquilidad tan profunda. Ya, por la mañana, cuando salí de casa con la familia opté por dejarme “olvidado” el móvil y cualquier dispositivo que pudiese distraerme en una jornada que se esperaba ser de lo más primitiva posible. Contemplación, reflexión y respiración…El tiempo se detuvo durante esas horas fuera de la globalización. Era como si nosotros fuéramos los únicos habitantes de la tierra, y como si el tiempo no existiera…

Hace apenas unos 10 años pasar una jornada así era normal para mí, y hoy me resulta hasta “extraño”, era como retroceder casi un siglo. Sin embargo, el disfrute que me proporcionó el día de ayer es incomparable a cualquier día de mi vida actual, rodeado de hiperactividad, comunicaciones y horarios establecidos… Ayer salí de la vida que llevamos todos hoy en día, sin pausa, con prisas, y sin apreciar lo más bonito que nos han brindado, la naturaleza. Una jornada de desintoxicación que guardaré en mi retina para inyectar un aire fresco y limpio en los ratos de agonía y ansiedad que nos provoca el entorno en nuestro día a día.

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